No creo en dios. Eso es seguro. Pero si creo en que las coincidencias no existen. Que todo pasa por un propósito en la vida. Que todo pasa por algo desde que naces, hasta que mueres. Yo creo en el destino. Yo creo en la vida luego de la muerte. Yo creo en el amor. Creo en la vida de felicidad que cualquiera puede tener.
Sucedió el día de hoy. A las 4:15 de la tarde, me fijé en el reloj mistral negro con plateado que hora era. El ómnibus número 60, que había tomado desde 18 de Julio hasta el Portones Shopping, estaba demorando un siglo entero. Iba parada por parada. Lleno hasta tamaño de pulga, todos los pasajeros iban apretujados, algunos transpirando con olores asquerosos. Otros con las manos engrasadas llenas de aceite de papas chips o de alguna comida de carro. Otras personas estaban simplemente preparándose para ir a descansar a sus casas luego de una larga jornada de trabajo. En mi caso, como estudiante de bachillerato diversificado en la Secundaria, recién volvía de Educación Física en el gimnasio. Me tomé el ómnibus, cansado a mi casa. Agotado, dormí la mayor parte del viaje. Hasta que desperté, y observé mi reloj. Lo siguiente que escuché, fue una voz angelical, viniendo desde el medio del ómnibus. Una guitarra muy bien rasgada acompañaba lo que era la voz de un cantante con un don increíble, que solo pasaba por cada ómnibus en busca de algunas monedas. Canto un par de canciones, y cuando llego la tercera, la última del viaje, el hombre dijo en palabras sin cantar al finalizar: "Somos todos hermanos, de alma y de corazón".
No creo en dios ni nada por el estilo, pero llamarnos hermanos, me dio como una cierta esperanza de que estamos todos juntos por alguna razón. Pidió algunas monedas, y supe que lo que tenía que hacer en ese momento, era ayudarlo de alguna manera. Que mejor manera que darle lo que el pedía. El único en todo el ómnibus lleno de gente, que le dio un agradecimiento con una moneda de diez, fui yo. ¿Quien diría que sería tan solidario? Casi siempre, solo doy en otros lados, pero esta vez supe que tenía que hacerlo.
Por alguna razon cuando le di la moneda, sentí una energía tan positiva subiendo por mi cuerpo, que el sueño desapareció, y fue como si el viaje en el ómnibus aumentó rapidamente, dejandome casi cerca de mi casa, cuando me baje.
Al bajarme, mis ojos se abrieron tan increibles y sorprendidos por lo que habían visto, que casi ni lo podían creer. En la vereda del portones shoping, por donde pasa todo el mundo, yo, un chiquilin común, me encontré 20 pesos en billete. El doble de lo que le había dado a el hombre en el ómnibus.
Como repito, no creo en dios, pero tampoco en las coincidencias.
Todos deberíamos hacer lo que yo hice. Tal vez asi seamos un mundo mejor.
Nico Bottero
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